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Published on julio 31st, 2013 | by admin

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Paisaje sonoro de un deseo

¿Qué tipo de experiencia sonora puede darnos un Teatro de ópera (como el Teatro Nacional de Costa Rica), pensado como templo artístico? Un Teatro enclavado en una ciudad caótica (San José de Costa Rica), cuyo caos se derrama y penetra sonoramente una estructura pensada para “escuchar en silencio”. ¿Qué sucede cuándo personas que están acostumbradas a otro tipo de experiencia, armadas con sus dispositivos móviles y aperitivos, llegan a un “concierto”? Pisando algunos, quizás, por primera vez, aquel Teatro-templo, para “escuchar” un repertorio cuidadosamente escogido que señala hacia un canon, el repertorio pianístico de concierto. El título, Música para piano de Costa Rica, el artística, Walter Morales.

Esta mañana me encuentro con un mensaje de este excelente pianista y director, donde me adjunta un artículo titulado, “Why young people still care about classical music” de Ivan Hewett, publicado en el diario inglés The Telegraph. La preocupación del artista ante un público en su mayoría de estudiantes adolescentes es comprensible. Aunque pude observar a personas de diferentes edades que se daban cita a las 17:00h para “ir al Concierto”, y visitar aquel “máximo templo”. De entre ellas, algunos turistas de habla inglesa y francesa, que mostraban cierta curiosidad, y chinos, que ocupaban las butacas con la luminosidad de sus “smartphone”, y la viveza de sus conversaciones y entretenimientos digitales. La “falta de silencio”, en todo caso, no se debía solo a los jóvenes, a quienes el pianista se dirigió apelando a la “alta cultura”, pidiendo “su silencio”. Incluso subrayando hacia un “Merecer o no Merecer” de aquella experiencia, basado en su deseo de silencio para y por “escuchar” el “gran arte”.

Sin embargo, tanto la ciudad, como aquellos “protocyborg” modernos de diferentes edades y nacionalidades, generaron un paisaje sonoro diverso alrededor de aquella “música clásica”. Creando una instalación sonora viva. Ni los “guardianes” del Teatro fueron capaces de silenciarla. Aquella música tan cuidadosamente reunida por el pianista, -como parte de un proyecto de recuperación en el que viene trabajando desde hace tiempo-, cobró, como experiencia estética, una vida “otra” entre “la bulla”[1].

El deseo del “canon” y el silencio

Este propósito de convertir en “música de concierto” obras que en su época pudieron tener por espacio el salón o el club “de sociedad”, me ofrece, desde hace tiempo, la oportunidad de pensar ¿Hacia dónde nos lleva esta idea de experiencia de la “música clásica” ligada al Arte y al Silencio, a la Cultura y la Civilización? Documentos antropológicos, estas obras nos hablan de épocas y comportamientos sociales, que pretendemos reproducir cada vez que traemos a presencia su existencia sonora.

No recurriré, en consecuencia, a prejuicios acerca de la hora o el tipo de público, ya que sería proponer al artista como “víctima” o “carcelero”, que procura compartir y/o imponer una experiencia que entiende como “sagrada”, a un grupo externo que reacciona a su liturgia/espectáculo de maneras distintas. Tampoco apelaré a la “falta de educación” o a la necesidad de “educar en”, porque eso implicaría tratar un tema delicado: ¿qué pertinencia estética tiene este tipo de experiencia hoy? y ¿en qué medida el artista la hace efectiva o no?

El programa reunió En la tumba (1935) Interludio de la Cantata de Pascua de Alejandro Monestel (1865-1950), The Wheaton Hills Souvenir (1950) de Julio Fonseca (1885-1950), Sonata (1965) y Suite(1964) de Félix Mata (1931-1980), Canción de Cuna (s.f.) de Jaime Fonseca (1916-1983), y varios valses de Julio Fonseca (datados en 1903, 1914, 1949, más un “bis”), forman parte de un proyecto, y una serie de conciertos, a través de los cuales el pianista va conformando un panteón de obras, desde la perspectiva concertista.

En lo personal, creo que quizás deberíamos devolver este tipo de obras a su espacio “natural”, a la pequeña sala, donde un público “preparado” (no elitista), deguste todas las sutilezas de su interpretación. Y comparta (o no), esa necesidad de entenderlas como “arte” y “patrimonio”. La obsesión por “llevar a las grandes masas la cultura” es contradictoria. Ellas ya tienen cultura. Erigir al artista como pastor de un rebaño al que debe guiarse “por su bien”, me parece absurdo. Creo en la posibilidad de ofrecer el acceso a experiencias sonoras y musicales diversas, pero con libertad, tomando en cuenta el saber del otro, aunque no lo compartamos. Y sí, el conversar, el utilizar los dispositivos móviles, la inquietud física, el comer durante “la función” (además de las toses de rigor), son parte de la contemporaneidad. Y me temo, que no solo “Hoy” (me remito a los escritos de Alex Ross).

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Sí realmente creemos que es importante compartir este patrimonio, analicémoslo críticamente, escuchemos su contingencia, las voces que en estas obras (y su performance), se combinan, las funciones, espacios y objetivos que les dieron vida. No solo la necesidad de contribuir al panteón del repertorio canónico (como indica Bruno Nettl), y la aspiración a una sociedad más “receptiva”, algo bastante conflictivo, por cierto. Especialmente cuando el “templo” yace en medio de “la bulla”, y cuando ni siquiera en su “tienda” (que lleva por nombre La Traviata), se “vende” esta “música clásica”. Si no “souvenir” que remiten al exotismo tropical, al “turismo cultural”, y a más “bulla”… El Teatro de ópera cumple una función simbólica, es verdad, quizás necesitamos pensar más sobre ello.

San José (Costa Rica), 31 de julio de 2013

[1] Mayra Estévez Trujillo, en su libro Estudios Sonoros (2008), utiliza el término para articular un discurso acerca de “lo sonoro de lo social cultural” (p. 10). Aspecto que me interesa especialmente al rememorar esta experiencia. Acerca del proyecto de Walter Morales, también: “La música de arte como repertorio”. Complementando el debate: “Embrace the New Freedom: Technology, Not Tenure” for The Chronicle By Kevin Carey. Y, “Berlin ballet woos new crowd with a dark show in a techno club” By Sarah Marsh.

Créditos de fotografías: Desde mi butaca, vista a la bóveda del Teatro Nacional de Costa Rica (1897), y al escenario ©Susan Campos, 2013.

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